Jóvenes extraordinarios

Published: 17 Jun 2007 (Magazine, Texto: Mónica Artigas, Foto: Xavier Cervera )

Madrid, Barajas T4

Alberto Escudero, 34 años. Tecnología informática para el Tercer Mundo

Nací en Valladolid, viví diez años en Madrid y he pasado los últimos siete en Estocolmo. Mi historia se resume con el adagio popular de ‘nadie es profeta en su tierra’. En Suecia me ha resultado más fácil encontrar oportunidades para innovar. Me he pasado gran parte de mi vida trabajando y estudiando para dar credibilidad a mis ideas de la adolescencia. Hice Ingeniería de Telecomunicaciones en Madrid y me quedé investigando de becario-precario en la facultad, hasta que, a finales del 99, me fui a Estocolmo. En tres años me doctoré en seguridad en redes de ordenadores con un trabajo sobre los riesgos para la privacidad de internet. Desde entonces, intento concienciar de la pérdida de libertades civiles en una sociedad tecnovigilada.

Al año de publicar mi tesis, conseguí una plaza de catedrático adjunto en el Royal Institute of Technology de Estocolmo. Tenía 31 años y el trabajo que a mi familia le hubiera encantado que conservara para toda la vida. El miedo a acabar atrapado en la rutina docente me llevó a que un día, junto con mi pareja, decidiéramos crear una empresa de consultoría que trabaja en los mal llamados países en desarrollo. Con IT+46 intentamos que lo que sabemos en tecnología sume con las ganas de hacer el mundo un poco más justo. Montamos infraestructuras con las comunidades locales y desarrollamos productos que luego se licencian de forma libre. De momento lo hemos hecho en Uganda, Nigeria, Kenia, Tanzania y Bolivia. El año pasado, nos dieron el premio Desafío Estocolmo 2006 al mejor proyecto de educación por la aplicación del programa OpenOffice.org al swahili.

Creo en que la felicidad individual pasa por la colectiva, y esto es lo que nos guía. El capitalismo está lejos de ofrecer un modelo sostenible de desarrollo para todos. Hacer algo por los demás es gratificante, y ver de cerca las injusticias nos hace apreciar más lo que tenemos. Cuando me llaman ‘radical’, me gusta pensar en aquella frase de José Martí: Radical no es más que eso: el que va a las raíces

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